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Archive for 28 noviembre 2007

Desesperadamente en silencio

Soledad gime arrodillada en el suelo. Siente tibios los hilos de sangre que salen de su nariz y boca. Las lágrimas ruedan y se tiñen de rojo; gota a gota se deslizan pesadamente y caen para prenderse y perderse en las pequeñas flores estampadas del vestido. No siente su rostro, lo ha rozado con sus dedos pero al parecer está adormecido, sólo tiene la sensación que su cara está muy pesada. El ojo derecho le duele mucho y nota que el párpado está casi cerrado. Los puños de Juan José la golpearon con fuerza, varias veces. Se cubre la boca con la mano para ahogar el sollozo. Él puede escucharla y volver.

A su alrededor, mechones de pelo esparcidos por todo el suelo de la habitación… es su pelo. Tuvo la errada idea de engarzar en su larga cabellera rizada una fresca flor, cortada de su propio jardín. En la mañana había hojeado una revista y una imagen femenina con una flor en su pelo publicitaba un producto de belleza; detalle que encontró hermoso. Quiso esperar a su esposo así de linda, pero olvidó que la coquetería era un pecado y él se lo hizo saber con todo el rigor de la golpiza, sujetándola del pelo y castigándola con el puño cerrado sin que pudiera defenderse. Semi inconsciente sintió como Juan José, tijera en mano, cortaba sin compasión los mechones de pelo, clavándole incluso el cuero cabelludo y pellizcando las orejas, mientras repetía una y otra vez “puta”. Los tijeretazos mordían el cabello casi a ras de la cabeza, se enredaban y trancaban por la brusquedad de los movimientos, a tirones se liberaban y las hojas continuaban con su cometido hasta que el cabello fue esparcido por todos lados. Soledad, ahora estaba sola en la habitación, gemía y trataba de recordar el momento en el cual su esposo había dejado de ser el hombre maravilloso que conoció algunos años atrás.

Fueron presentados en una fiesta de titulación de un amigo en común. Los dos ya eran profesionales y trabajaban. Soledad se enamoró de aquel hombre buen mozo, pero cuyo encanto era indudablemente su carácter dulce y tranquilo, simpático, educado y atento; cualidades que deleitaron a su familia cuando lo presentó como su novio. Fue un compromiso idílico y muy pronto la fecha del matrimonio ya estaba concertada y su vida en común planeada con detalles, el lugar dónde vivirían, la continuación de sus actividades profesionales, el número de hijos que tendrían; siendo la opinión de Juan José la “última palabra”, pues cuando ella trataba de argumentar algo, él amorosamente le ponía un dedo en los labios y la besaba en la mejilla. Finalmente, pensaba Soledad, él toma buenas decisiones para ambos.

El día de la boda fue como un cuento de hadas y todos quiénes conocían a la pareja miraban con sana envidia la suerte de ellos. “Son el uno para el otro”, los invitados elogiaban a los recién casados y entre abrazos y brindis les auguraban un futuro esplendoroso. En ese día especial la única situación insólita que recordaba Soledad fue un fuerte apretón en el brazo que su marido le dio cuando uno de sus amigos quiso bailar por última vez con la flamante novia. Fue tal la brusquedad que los dedos de Juan José quedaron marcados en la piel. Este castigo volvió a repetirse y pasó a ser habitual en los últimos años, agregando dolorosos pellizcos en señal de reprobación o amenaza.

Los dos trabajaban y Juan José esperaba todos los días a Soledad a la salida del trabajo, volviendo inmediatamente a la casa. No había tiempo para que ella compartiera con sus amigas o compañeras, ni siquiera si él era invitado. Después de un año, el asedio del esposo fue tan insistente respecto a considerar que el jefe de Soledad era un depravado, pues según él lo había visto en actitudes extrañas, que la convenció a renunciar y buscar otro trabajo dónde “no estuviera expuesta a los sinvergüenzas”. Ella aceptó finalmente, a pesar de tratar de exponer su inconformidad, pero Juan José fue más agresivo que de costumbre y dejó establecido que él era el hombre de la casa y se hacía lo que él decía. Ella no volvió a trabajar.

Las salidas de Soledad fueron restringidas y los compromisos familiares esporádicos. El día anterior a las visitas, Juan José se comportaba como el hombre encantador que había conocido; por tanto Soledad callaba, no decía nada a sus padres o hermanos del creciente maltrato que reinaba en su casa y que le dejaba marcas y moretones en el cuerpo; en aquellas partes que eran cubiertas por la ropa.

Cuando ella hablaba de hijos, él se enardecía y le reprochaba que sólo pensara en el sexo como una vulgar prostituta, entre gritos le enrostraba que estaba dispuesto a satisfacer ese “interés carnal” y hacía de la intimidad una violación, sin que en ese contacto se vislumbrara un pequeño indicio de amor y delicadeza.

Soledad se refugiaba en el silencio y la desesperación la ahogaba en sus sollozos. Cada día se acrecentaba el miedo y se extinguía su autoestima. Las agresiones verbales eran diarias y la palabra “inútil” era el vocativo que utilizaba para nombrarla. Todo estaba mal, nada le satisfacía, a pesar que ella pusiera todo el cuidado para que hasta las cosas más insignificantes fueran perfectas. Al pasar por el lado de ella, le susurraba al oído cualquier frase descalificatoria o la seguía con una mirada penetrante y cargada de aborrecimiento. Ese hombre que tanto amaba, día a día se convertía en un desconocido. Sin embargo, para el resto de las personas, como los amigos de Juan José, él seguía siendo aquella perfecta persona; se reunía a menudo con ellos en la casa y trataba con un cariño especial a su esposa en esas ocasiones, haciendo notar que Soledad era una esposa ideal y el amor de su vida.

Hoy, ya no hubo ningún vestigio de amor en él, la golpiza que le propinó fue brutal. Soledad se incorporó del suelo y camino a la puerta de la habitación encontrándose con su imagen reflejada en el espejo. La cabellera había sido rapada, el rostro desfigurado, la boca aún despedía sangre igual que la nariz, los ojos estaban hinchados y rojísimos, sentía el resto del cuerpo muy dolorido. Miró su figura por algunos minutos, sintió angustia de verse maltratada por quién más quería. Debía salir de allí. Al abrir la puerta, el verdugo estaba frente a ella, con la tijera en la mano y aunque los ojos de Soledad suplicaron, aún con una chispa de amor en su mirada, el acero penetró en su pecho sin piedad, logrando ponerla de rodillas frente a su esposo por última vez.

        

Este relato pretende llamar la atención sobre una dolorosa y creciente lacra social que afecta a millones de seres humanos, la violencia intrafamiliar. ¿Cómo podemos detener la mano abusiva de Juan José? ¿Cómo hacer que la desesperación y silencio de Soledad tengan voz? Sin duda, no legitimando estos despreciables hechos y cegándonos a una cruda realidad, pensando que mañana todo cambiará por sí solo. Nuestra sociedad ha trastocado su escala de valores y ha dejado el amor y el respeto en último lugar. No heredemos la violencia a las futuras generaciones. El castigo que duele más es aquél que nace de la mano amada, pues no sólo desorienta sino que asfixia a pausa al corazón.

Marina Flores Rozas (Chile) – Ignacio Alcántara Godino (España)

             

 

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Sólo te quiero a ti

 

              

 

 

 

 

 

 

  

                                                                                    

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Parte de la vida

La primavera vistió de nuevos bríos y la naturaleza surgió nuevamente radiante, en todo su esplendor. Los árboles casi imperceptiblemente brotaron en yemas, las plantas en capullos para reventar en colores, el aire se saturó de aromas y las aves no se quedaron impasibles con toda esta grandiosidad; al contrario sabían que era necesario preparar el nido, buscar pareja y anidar… nuevas vidas y así el ciclo jamás acaba.

A comienzos del verano las familias de pájaros revolotean con sus nuevos polluelos. En este tiempo los adultos no sólo cuidan y protegen sino también enseñan.

Cierto día, la calle estaba ajetreada por transeúntes que llevaban miles de distintos destinos, ensimismados en los “posibles” que podrían acontecer en sus actividades. Mascullaban unos, hablaban por teléfono otros, aquellos de allá corrían entre la multitud mirando el riguroso reloj y entre todo ese caos un chiquillo caminaba excluido de toda la agitación que llevaba el mundo. Miraba el suelo y de pronto se percató que en un rinconcito, dónde se unían dos edificaciones, había un diminuto pajarillo. Apenas se movía, quizás por que su madre así lo había enseñado. El cuerpecito vestía unas escasas pelusas que alguna vez serían plumas. El corazoncito latía con fuerza. El chiquillo miró a su alrededor, nadie prestaba atención a la avecilla. ¿Quién podría? Nadie ya siquiera se preocupa que al lado existe otra persona, mucho menos que un animalito requiere un minuto de atención. Todo el bullicio continuaba en la calle, entre bocinas y estruendosos motores. El chiquillo miró hacía arriba y buscó a una desesperada madre que seguramente añoraba a su pequeño hijo, pero no se veía nada… era demasiado el tumulto que había allí abajo. Con seguridad, pensó el muchacho, no pudo rescatarlo cuando cayó del tejado. Con ternura lo cogió en sus manos, volvió a mirar el cielo esperando un gorjeo de reclamo, pero al no escuchar nada lo llevó a casa.

Eran dos pequeños, un niño y un ave. El chiquillo había aceptado el desafío de cuidarlo para que aprendiera a volar y se reuniera con su madre. No escatimó en cuidados sin saber cómo hacerlo. El instinto de ambos era más fuerte y mientras uno pensaba que alimento dar, el otro abría el pico para indicar que tenía hambre y sed, mostrando además regocijo por la cercanía del chiquillo.  Dos días fueron en los cuáles pequeñas migas remojadas y varias gotitas de agua saciaban al pequeñuelo que se refugiaba en una pequeña caja de cartón, apegado a algunos pedazos de algodón que ofrecían tibieza. Más, para que la vida surja es necesario algo más que alimento y aunque la voluntad del chiquillo fue de una entrega total para salvarlo y que pudiera al fin volar, al tercer día el avecilla agonizaba en las pequeñas manitos que antes lo alimentaron.

Las lágrimas temblaban en los ojos del muchacho cuando ya sintió que el diminuto corazón dejó de latir y cayeron como dos pequeñas bracitas de fuego por las mejillas, era agua salobre y entristecida. No pude salvarlo pensaba. Miró a su alrededor y todo estaba tan ajeno al dolor que estaba sintiendo. La vida jamás suspende su marcha, ni siquiera ante la pena y la gente parece no darse cuenta ya que a veces es necesario detenerse para respirar y llorar.

El chiquillo cavó una pequeña sepultura para el ave que no alcanzó a volar, pensaba que tal vez ya muerto podría mover sus escasas plumas y eso lo conformaba.

Sin duda así sería. Fueron dos pequeños. Uno se quedó dormido y su minúscula alma se elevó al cielo; el otro se quedó en la tierra para seguir su camino, aunque un pedacito de su corazón con seguridad se fue con el pajarillo.

Marina Flores Rozas

 (Chile)

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